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Manuel Delgado: “La actividad más banal de cualquier transeúnte ya es una labor poetizadora”

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Publicado en Mugalari, diciembre de 2007.

Entrevista a Manuel Delgado, antropólogo urbano

Manuel Delgado visita Bilbao con ocasión del seminario “Posibilidad de un pensamiento y acción críticos”, organizado por Iskandar Rementería en Espacio Abisal.

Se resiste a ser un “intelectual comprometido” pero es posiblemente una de las figuras que mejor encarna este papel en la actualidad. Autor polífico, agitador de movimientos sociales y polemista contumaz, Manuel Delgado también profesor de antropología de la Universidad de Barcelona y miembro del Grupo de Investigación Etnográfica de los Espacios Públicos del Institut Catalá de Antropología. Su obra “El animal público” recibió el Premio Anagrama de Ensayo en 1999. En 2007 ha publicado “Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropología de las calles”.

Bajo el título “No somos nada. Una experiencia de apropiación insolente de espacios públicos en Barcelona”, la intervención de Manuel Delgado en Espacio Abisal ha presentado algunas inciativas de protesta surgidas en estos últimos años en la ciudad condal. Una de ellas es Adriana Pi, personaje virtual “sin ubicación ideológica clara” que ha realizado acciones como secuestrar un bus turístico para llevarlo a un centro de internamiento para extranjeros, expropiar simbólicamente el Gran Teatre del Liceu para convertirlo en un ateneo popular o celebrar una fiesta de pijamas en IKEA. A medio camino entre la agitación social y la performance de herencia situacionista, estas experiencias ponen de manifiesto una distinción fundamental en materia urbanísitica que ya apuntó el sociólogo francés Henri Lefevbre: una cosa es la ciudad y otra muy distinta lo urbano. La ciudad como estructura es estable y, por tanto, susceptible de ser diseñada mientras que lo urbano, integrado por el conjunto de relaciones que conforman nuestra manera de vivir en los espacios urbanizados, es simpre inestable y efímera. Es lo que Manuel Delgado llama “la ciudad practicada” o también “la ciudad menos su arquitectura”, que sólo existe en la imprevisibilidad de lo que lo recorre: los acontecimientos, los encuentros o el azar.

En tu última obra alertas contra las políticas urbanísticas que diseñan las ciudades al margen de la socialidad. ¿Estamos ante una hiper-producción urbanística en detrimento de la vida en las calles?
Las políticas urbanísticas no diseñan las ciudades al margen de la socialidad sino contra ella, advirtiendo hasta qué punto la consideran algo así como una usurpación indebida por parte de los usuarios, como si prefirieran no verlos ahí, en la calle. Creo que en el fondo los diseñadores de ciudades y aquellos a quienes sirven no sólo desconfían de las prácticas reales de los urbanitas, sino que creen que lo mejor es que en las ciudades sólo hubiera las confirmaciones de su sueño imposible de una ciudad pacificada, amable, desconflictivizada por la que una pléyade de seres sonrientes y sumisos se limitaran a ir de casa al trabajo o al centro comercial y, de vez en cuando, pasear tranquilamente por lugares debidamente indicados.

Como disciplina, el urbanismo es relativamente jóven pero los poderes públicos siempre han utilizado el diseño de las calles para dgestionar la vida en la ciudad. ¿Qué formas toma hoy en día el urbanismo y cuáles son sus objetivos?
Ahora más que nunca el urbanismo demuestra que, en gran medida su vocación última ha sido la de constituirse en máquina de guerra contra lo urbano, con su crónica tendencia a la opacidad y al enturbiamiento. Eso es consustancial al urbanismo como artefacto de control técnico y como discurso. No obstante se impone un matiz. Esa crítica del urbanismo no implica dar por buena la premisa de que las ciudades no deben ser planificadas. Ojalá los urbanistas se limitaran a planificar las ciudades. El problema es que lo que se empeñan en planificar no es la ciudad, sino lo urbano. El capitalismo ha concebido ciudades cuanto menos planificadas mejor -en eso consiste el liberalismo- pero en las que nada de lo que pasa en la calle queda fuera de vigilancia. Los poderes político-urbanísticos están obsesionados en monitorizar el espacio público y lo que suceda en él pero abandonan la ciudad al despotismo del mercado.

Dices que la “ideología ciudadanista” es hipócrita. ¿Por qué?
Porque lleva a cabo su adoctrinamiento a partir de una falsa e imposible igualdad de los seres humanos, muchos de los cuales, en nuestras ciudades, ni siquiera son ciudadanos de pleno derecho. Es una mera retórica, como si todos los problemas sociales fueran teóricos. Nadie sufre, a nadie le echan de su casa, a nadie le despiden del trabajo y todo se soluciona con buen rollo. Ni una palabra que insinue que lo que fallan son estructuras que no es que produzcan injusticia, sino que se alimentan de ella.

Desde las primeras vanguardias y muy especialmente desde el situacionismo, la calle ha sido un espacio de intervención privilegiado para muchos artistas. ¿Crees que el arte es un lenguaje adecuado para subvertir la realidad urbana?
La calle puede ser una fuente inagotable de inspiración. Ahí fuera, siempre está a punto de pasar cualquier cosa, cuando menos te lo esperas puedes encontrar lo que o a quien no esperabas, pero que habrá de cambiar tu vida. En la vida cotidiana uno puede recibir constantemente pruebas de la labor incansable del azar como institución social. Sin duda, el lenguaje del arte puede es indicado para subvertir la realidad urbana. Otra cosa es que pueda contribuir en algo a cambiarla. Desde luego si creemos que podemos transformar algo a base de performances lo tenemos claro.

¿Qué experiencias de poetización del espacio público te parecen más interesantes?
La actividad más banal de cualquier transeúnte ya es una labor poetizadora. El viandante que va de un punto a otro pone de manifiesto cómo una ciudad no es otra cosa que una sociedad de lugares, un orden de puntos que dialogan entre ellos. Parafraseando a Spinoza, diríamos que nadie sabe lo que puede un transeúnte. De pronto, seres humanos que no se conocen y que es probable que nunca más vuelvan a coincidir, deciden coincidir en un punto, un mismo día a una misma hora, para hacer lo mismo en una misma dirección. Que sea para participar en una fiesta o para hacer una revolución es sólo una cuestión de intensidad, de una intensidad que señala la diferencia entre poder cambiar la sociedad y cambiarla de verdad. Pero el acto primero siempre es el mismo: bajar a la calle, para reunirte con otros y otras.

***

Publicado originalmente en Mugalari (suplemento cultural del diario Gara) el 8 de diciembre de 2007.

CC Ptqk 2007
Este texto está registrado bajo una licencia Creative Commons
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Written by ptqk

9 febrero, 2008 a 20:05

Publicado en Prensa

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